Me ocupa demasiado tiempo. Tal vez es una manera creativa de dedicar mis esfuerzos, pero hacerlo me ayuda a entender el mundo más allá de frías gráficas y de datos oficiales. Soy un cazador del mainstream. La aproximación del científico social a los datos, aunque sean de cariz cualitativo, tiende a ser altiva y elitista. Además, la propia condición del que analiza los datos siempre viene marcada por una especial sensibilidad ante la temática seleccionada (1) o por una distancia excesiva (2). Dicho llanamente: o es un freak de un tema o, en cambio, es una rata de biblioteca.  Por eso me atrae enormemente todo aquello que moviliza a grandes grupos de personas; ya sea un producto, una causa o una moda. Esa capacidad de arrastre, siempre multicausal, es útil para describir cualquier sociedad.

Me interesa, por tanto, más esa capacidad de accionar una palanca -y encontrar así la fórmula mágica– que el producto en sí mismo. Algunos me diréis: Silvio, a ti te interesa el márqueting y la comunicación. Sí, claro, por supuesto. Pero no es solo eso. Voy algo más allá.

Mi obsesión por lo mainstream nace de una constatación. En multitud de ocasiones, la consecuencia directa del éxito de un producto conlleva una ola infinita de críticas y/o de menosprecio. El haterism, como fenómeno, es previo incluso a la existencia de redes sociales. Esto sucede más a menudo cuando el juicio de valor lo realiza alguien influyente en su entorno o con capacidad de decisión política. Elitismo, once again.

Pienso que debemos romper con esta manera de ver el mundo. La plataforma en que se ha convertido Youtube es un paradigma. Los youtubers han sido menospreciados porque aunaban dos aspectos (tecnología y juventud) que los alejaban de la comprensión de los medios tradicionales y de las generaciones con poder económico y político. Con el paso del tiempo, este colectivo ha ido redefiniéndose bajo el concepto de creadores de contenido audiovisual, colaborando también con las plataformas clásicas. Ha sido entonces cuando algunos productores han comprendido, después de miles de visitas y de usuarios fidelizados a su producto, que había un nuevo código.

Posar nuestros ojos ante nuevas tendencias, productos de éxito y giros de guión relevantes en el consumo del grueso de la sociedad -o de una parte de ella- debería ser responsabilidad de todos los que aspiramos a entender mejor el funcionamiento social.

Bajo mi punto de vista, todo aquello que es consumido por un grupo de gente muy amplio tiende a caracterizarse por tres cosas:

  • Aporta algo nuevo.
  • Reinterpreta algo existente.
  • Intenta ser neutral y/o inocuo, evitando ser un producto de parte.

Para conseguir esto, en primer lugar cabe analizar el lenguaje utilizado. En el caso de la música, el género escogido. Por citar un ejemplo reciente, la cantante Rosalía ha aportado algo nuevo (fusión de trap con flamenco), reinterpretando la música flamenca pero sin construir un producto exclusivo o de parte -no hace cante jondo, vaya-. De hecho, el grueso del mensaje feminista de su disco conceptual encaja con el pensamiento hegemónico presente en la sociedad actual, especialmente entre los jóvenes.

El mundo audiovisual también es capaz de producir y generar nuevos marcos mentales. Las series son un ejemplo muy reciente, pero la dominación cultural que ha impuesto Hollywood durante décadas debería hacernos reflexionar sobre quién está detrás del mainstream. La descentralización del poder de consumo que se deriva de la existencia y explosión de las redes sociales crea nuevas incógnitas al respecto.

La explosión -reciente- del formato de Operación Triunfo, incorporaba nuevos elementos (pluralidad lingüística, naturalidad, feminismo, respeto a la causa LGTBI) que son mucho más difíciles de transmitir o de inculcar a través de un programa de televisión monográfico o de un discurso político. Un ejemplo más de como el mainstream puede incorporar un contenido valioso, inexistente en productos preexistentes.

La construcción y difusión de cualquier idea necesita de una serie de herramientas a su alcance. La existencia de productos de masas nos ayuda a descifrar los códigos y lenguajes vigentes en el carril central de la sociedad. El errejonismo, en Podemos, siempre ha defendido la idea del sentido común; afirmando que dicho partido no debe ser ni de derechas ni de izquierdas, sino que debe representar a los de abajo (el 99%) contra los de arriba (el 1%). Sin entrar a valorar su idoneidad, esta resignificación -que hizo más fortuna a nivel popular que a nivel interno- me parece relevante para lo que estamos hablando.

En conclusión, los productos consumidos en masa nos pueden ayudar a entender los intereses y preferencias de las mayorías sociales; más allá del entretenimiento. La pregunta del millón es: ¿existe una manera rigurosa o científica de hacerlo?

Íñigo Errejón, por cierto, comenta habitualmente vídeos de Operación Triunfo. Justamente, porque le ayuda a comunicar mensajes políticos usando el mismo código que un gran público al que, de otro modo, difícilmente llegaría.

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